Un fragmento del día que revela la precariedad que vive una generación entera
Detrás de cada título universitario hay una historia de esfuerzo. Pero para miles de estudiantes que deben trabajar, esa historia está teñida de un agotamiento extremo y un sistema que los ignora. Esta es la 'hora a hora' de uno de ellos.
'Rin Rin Rin...' 4:00 am. Así inicia la mañana del estudiante universitario, tal como ha iniciado los últimos ocho años de su vida. 'Este es el último', y ese pensamiento lo sostiene. En 10 minutos organiza materiales, empaca la maleta y las tres portas de plástico con sus comidas del día. El bus pasa a las 4:30, y debe estar en la institución a las 6:30 en punto, tras un viaje de casi dos horas entre bus y cable.
Llega al aula cinco minutos tarde porque el bus falló. La primera cara que ve es el ceño fruncido de la docente tutora, claramente. Pero al iniciar la práctica, su propia incomodidad se apaga. A partir de ese momento, lo único importante son sus estudiantes. Con sus materiales, apuesta por crear una sesión mágica, una zona segura donde, en conjunto, manteniendo una clase horizontal, se pueda soñar, crear y sobre todo pensar.
La práctica corre contra el reloj, acaba y tiene solo 20 minutos para llegar al trabajo. A las 12:30 inicia labores. Llega con "tiempo" para almorzar, a pesar de haber llegado con cinco minutos de margen, sin almorzar y medio desayunado. "¡Llamada en cola, conéctese!", repite incesante el supervisor. Así inicia la jornada de insultos de usuarios y la presión de "Quien no venda, no quiere estar aquí". La tensión constante de mantenerse a sí mismo y no ser despedido genera agruras y ansiedad.
Tiene 30 minutos de break para almorzar y llenar el diario de campo que vence esa noche. Ya lo tildaron de irresponsable por haberlo enviado tarde una vez. El tiempo se acaba y solo alcanza a escribir unas líneas. Más tarde, en su tiempo de baño, termina de almorzar. A las 5:30 pm, el encargado anuncia:
"Las horas de la mañana me las paga hoy. No se puede ir hasta las 7".
Por la mente del estudiante solo pasa:
"Otro día que llegaré tarde, pero no me puedo quedar sin trabajo".
Sale corriendo a su clase nocturna. El docente está molesto: "No puede ser todos los días. Afecta su proceso". Toma clase como puede. En el salón, termina de almorzar la tercera porta del día. El estudiante y trabajador termina su jornada a las 11:30, cuando logra llegar a casa. Es consciente del cansancio. Sabe que a veces no puede. Y al día siguiente, inicia de nuevo la misma ruta. Es un producto por salir de fábrica, una persona con sueños. Es Tatiana, Laura, Valeria, María José, Catalina, Juan José, Estefani, Martha, Andrés, Lorena. Es quien, sin gasolina, continúa manteniendo el aguante.
Este aguante se mantiene diariamente por miles de personas que siguen las expectativas de vida profesional; por cada 12 jóvenes que trabajan, aproximadamente diez estudian. En investigaciones lo han demostrado, universidades públicas como la U. Nacional, U. de Antioquia, U. del Valle, Universidad Tecnológica de Pereira, entre otras, muestran que, entre 70% y 85% de estudiantes que trabajan no terminan en el tiempo reglamentario y necesitan entre 1 y 3 semestres adicionales en promedio para terminar, por el rezago académico.
Estudiar con cansancio no es falta de disciplina, entonces ¿por qué el sistema educativo exige ritmos que muchos estudiantes no pueden sostener?
Fuente: Síntesis editorial a partir de datos oficiales (MEN–SPADIES, DANE–GEIH) y estudios académicos sobre rezago y permanencia en educación superior.
Fabian Quintero
Columnista invitado
Pereira, 08 de febrero de 2026
"Juro por Dios fidelidad a mi bandera, a mi patria, Colombia", dijeron un puñado de jóvenes en cada región cercana o apartada del país, reconociéndolos como símbolo de nación soberana e indivisible en un acto de valentía en diferentes poblaciones con pocas posibilidades, en esos lugares donde la guerra golpeó y el Estado no llegó, el servicio militar obligatorio era una opción.
Hay una imagen común y esperanzadora en las carreteras de Colombia, un soldado joven, prestando su servicio, como vigía al costado de la vía. Al pasar, los viajeros y familias colombianas, en un acto espontáneo de reconocimiento, tocan el pito del carro. Es un saludo, un <<gracias>>. Y, el soldado, sin bajar la guardia, pero con calidez, responde levantando el pulgar.
Más que un gesto, es un código no escrito que dice: Estoy aquí para protegerte. Para muchas familias, sobre todo aquellas que ya han visto a un hijo pasar por el pito del reclutamiento, ese pulgar en alto es un símbolo de protección. Un gesto que, por años, fue el mayor reconocimiento que recibieron dichos jóvenes.
Con el propósito de cumplir su deber, Dios y la patria premiarían a quienes fueron usados como 'escudo', 'herramientas', 'defensores' e incluso 'armas humanas', sin recibir un verdadero reconocimiento. Hoy, finalmente, llegó la 'dignidad', la recompensa no es solo un subsidio, sino un acto de justicia, porque la guerra no trae dignidad, pero la vida sí nos empuja con el propósito encomendado por el país.
Hoy, los colombianos celebran no solo los dos millones de pesos mensuales por el pago al servicio militar, sino que para muchos es una suma de dinero que representa un grito de dignidad y una victoria para el pueblo colombiano que ha luchado cerca del sacrificio de los soldados, policías, infantes de marina y oficiales.
El sacrificio de un joven que renuncia hasta dos años de su vida, por fin, es más que un 'voluntariado' mal remunerado. Por fin, deja de ser un auxilio mísero que equivalía a una tercera parte de un salario mínimo legal vigente SMLV para los gastos básicos del joven y su familia, con la esperanza de resolver lo que significa, en muchos casos, la ausencia de hijos, hermanos e incluso padres, para la defensa del país.
Hoy, esos dos años cuentan con un Salario Mínimo Vital para ellos y sus familias. Hoy celebra el pueblo, celebra la vida. Hoy, más que un pulgar arriba de aprobación en compensación se celebra la 'dignidad', a ese prestador del servicio militar, la dignidad llegó.
Fabian Quintero
Columnista invitado
Pereira, 01 de febrero de 2026
La cara de los candidatos políticos en los carteles callejeros es la imagen habitual por estas fechas. El año comienza y sobre la avenida sur las imágenes irrumpen a través de las ventanas del bus. Ahí están, como cada cuatro años, los rostros sonrientes, puros, confiables. El déjà vu es inevitable, me recuerdan que el tiempo pasa y, comienza una y otra vez.
El trayecto se ve interrumpido en un semáforo, por la ventana un joven me arroja un volante con la misma publicidad. El rostro ya no está en el horizonte, reposa en mis manos y acompañando la imagen hay una frase de campaña prometedora.
Cuando llego a la parada, me percato que sobre el vidrio trasero del bus hay otro cartel, lo miro irse y pienso que ya lo he visto antes; las manos en el corazón, la sonrisa perfecta, los colores claros, los gestos reiterativos y las poses que procuran denotar paz y armonía saturan el espacio cotidiano. Seguramente serán electos.
Seguí el camino a casa para entrar al edificio donde resido y en algunas ventanas de los apartamentos están los mismos carteles. Me acerco a la caneca de la basura para tirar el volante y ahí están, carteles miniatura arrugados y desechos. De repente suena mi celular, es un amigo que me escribe:
“Mi perrito, hágame un favor, como a mí me toca politiquear para conservar el trabajo, me están pidiendo 60 contactos de personas que me apoyarían, así obviamente lo tengo presente a usted jajajaja. Róteme pues estos daticos: nombre, cedula, teléfono, ocupación, barrio...".
“Mi perrito, no puedo.” Así le respondí, sin dar mayores explicaciones. No sin sentirme mal, me hubiera gustado ayudarlo, pero no me siento cómodo compartiendo mis datos para temas políticos.
En esta ciudad, la política funciona como máquina de coerción que induce a la gente a asistir a reuniones y comprometer votantes; a tal punto llega la cosa que, algunos cambian su foto de perfil en WhatsApp por la del político. Decidí no darle más vueltas al asunto. Me senté en el balcón para descansar del trayecto y justo al frente, otro cartel.
Edwin Campano
Columnista invitado
Pereira, 25 de enero de 2026
A propósito de lo sucedido recientemente en Venezuela, el 3 de enero de 2026, Latinoamérica no debería ser un territorio en disputa.
Las relaciones entre países no se han construido desde la igualdad, a pesar de que ese principio quedó formulado desde la Revolución Francesa y más tarde consagrado en los discursos modernos sobre derechos humanos.
Históricamente, el poder ha definido quién decide y quién obedece. La fuerza militar, económica y política suele imponerse, mientras conceptos como diplomacia, derechos humanos y soberanía se aplican de manera selectiva.
En el escenario internacional, el discurso del respeto entre naciones convive con invasiones, bloqueos económicos y respaldos a gobiernos autoritarios, contra los propios pueblos, estas prácticas han sido ampliamente documentadas en la historia reciente, sin embargo, ante esto, los organismos creados para garantizar el equilibrio global suelen guardar silencio cuando estas prácticas afectan a países considerados periféricos o débiles o "primermundistas" dentro del orden mundial.
América Latina ha sido tratada durante décadas como un territorio subordinado. Bajo narrativas de seguridad y control, se justifican sanciones, presiones y señalamientos sin pruebas claras. Se reactiva así una idea antigua: la región como espacio tutelado por intereses externos, como si no tuviere plena capacidad de autogobierno.
Sin embargo, América del Sur no se reduce a ese relato. Es una región de culturas diversas, comunidades vivas y vínculos profundos con sus territorios. Aquí existen pueblos que defienden la vida, el cuidado de los ecosistemas y la soberanía como práctica cotidiana, no como consigna.
Hoy, frente a la lógica de la guerra y la imposición, muchos países de la región apuestan por el diálogo, la autodeterminación y la defensa de lo común; no como gesto simbólico, sino como forma política.
Latinoamérica no debería ser instrumento de intereses externos. Es un territorio compartido y vivo. Y su mayor fuerza no está en las armas, sino en la decisión de defender la vida como bien común.
Fabian Quintero
Columnista invitado
Pereira, 17 de enero de 2026